Es algo que lo tenemos pegados, inherente a nuestra naturaleza humana: medimos el bien y el mal atendiendo a los actos que hacemos en ese sentido. Es decir, alguien que hace cosas buenas, es una persona buena, y de la misma forma, el que hace cosas malas, es malo. Nuestra lógica obedece a este criterio.
Sin embargo, no sé por qué, hace unos momentos, leyendo el artículo de elige sobre ¡hay que espabilarse!, he sentido dudas a este respecto. Ha habido mucha gente, diría que todos o casi todos, sobre todos los santos, que han hecho cosas malas. Incluso en tiempos de su camino de conversión, porque lo que define la bondad o maldad de un acto, no es su fin sino la intención con la que se hace y el origen de su nacimiento: el corazón.
No se trata, es lo que trato de compartir, de hacer cosas buenas sino de sentirlas desde lo más profundo de nuestro corazón y de dolernos o alegrarnos cuando son malas o buenas. Y claro, que nadie entienda que no quiero decir que se queden en simple sentimientos, sino que se hagan, pero dándole siempre más importancia a la intención y el deseo que a la significación del acto en sí.
Porque todo es por y para Gloria de Dios, y quien tiene la última palabra es siempre Él. Porque solo Él sabe lo que conviene y lo que no conviene. De forma que muchas veces nuestras buenas intenciones estropean la labor más que favorecerla. Y nuestras envidias, codicias y soberbias siembran el desamor más que el amor. Un simple pensamiento nos ayudaría a entender que si Dios, el primer interesado, quisiera acabar con el mal, lo haría de forma rápida e inmediata.
Sin embargo, sus intenciones son otras, y esas otras nunca las podremos entender. Así que lo mejor será ponernos en sus Manos y, en su Nombre, tanto las cosas vayan de una forma u otra, tomamos conciencia que es el Señor quien actúa en nosotros. De esa forma las cosas se ven diferentes y con otra perspectiva. No hará falta decir que para eso, entendemos, que nuestro empeño, nuestros talentos y cualidades y nuestros esfuerzos deben de ponerse en juego y a tope.
Posiblemente ha sido el caso de Carlota: Lo pensó, puso manos a la obra y recogió la cosecha. Que sea todo para Gloria de Dios.