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sábado, 1 de abril de 2017

EL AMOR ES ETERNO




El verdadero amor nunca puede acabar, porque el amor es un compromiso. Un compromiso de buscar y desear el bien del otro; un compromiso de darse y entregarse a la renuncia de su propio egoísmo por hacer feliz al otro. Un compromiso que, unidos sentimentalmente y pasionalmente, cuando se refiere al amor conyugal, se sostiene en la renuncia del uno por el otro en orden a sostenerse unidos y felices.

Porque amar es buscar la verdad y la justicia. Porque la referencia de como debemos amar la tenemos que buscar en el Amor que Dios nos tiene a cada uno de nosotros. Dios nos ama sin condiciones, y no por nuestros méritos, pues tendría una y mil razones para dejarnos de amar, e incluso condenarnos. Dios nos ama porque se ha comprometido a ello por amor. Y el amor, cuando es amor, supera todas las barreras y todos los obstáculos.

jueves, 31 de marzo de 2016

EJERCICIO Y VIDA




El ejercicio es algo aconsejado por todos, de forma especial por los médicos. Y creo que es necesario hacer ejercicios, pero, no porque sea bueno y aconsejable practicarlos tiene la última palabra. Experimentamos que, a pesar de hacer ejercicios la vida, nuestra vida, no se detiene, se desarrolla, crece, madura y termina por deteriorarse con la muerte.

 Hacemos ejercicios con la intención de sentirnos bien y alargar nuestra calidad de vida, La vida nos interroga y nos pide respuestas. Luego, la pregunta es, ¿no hay otro camino? Porque de seguir el camino que nos marcamos, sin profundizar qué nos ocurrirá al final de la vida de este mundo, terminaremos como ya sabemos. ¿Y no hay otra vida? ¿Estamos seguros?

La pregunta nos descubre que el ejercicio no sirve para mucho. Es verdad que es necesario, y aconsejamos hacerlo, pero no soluciona nuestros interrogantes. ¿No sería conveniente reflexionar más profundamente sobre lo que acontece en nuestras vidas? ¿Podemos escapar de la muerte que nos espera y que no evitamos con el ejercicio y la buena alimentación?

La experiencia nos descubre que la vida no se perpetúa con el ejercicio. Es verdad que le viene bien y que mejora su calidad, pero termina rendida al tiempo y a los años. Cómo es posible que no se descubra que perdemos la vida con estas cosas. Todo los remedios que usamos en este mundo son caducos y no nos perpetuán la vida. ¿Cómo no pensar en la trascendencia? ¿Cómo no pensar que nuestros deseos más profundos tienen solución? ¿Acaso no nos gustaría perpetuarnos eternamente? ¿Por qué no tratamos, al menos, de buscar esas respuestas? ¿Por qué tan ciegos y, encima, seguimos los consejos de otros ciegos?

 Quizás necesitemos pararnos, y sin dejar de hacer ejercicios, meditar más sobres nuestros deseos más profundos, porque el ejercicio sólo nos mejora estos pocos años que podamos vivir aquí, ¿pero y los demás? ¿Te resignas a pensar y creer que todo termina aquí? En mi opinión, esa forma de vida no interesa mucho. Es muy pobre y de pocas esperanzas.

domingo, 13 de septiembre de 2015

CAMINO DE RENUNCIAS

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La vida tiene un camino, el verdadero, es camino de renuncias, sacrificios y sufrimientos. Quien pierde su vida la ganará para siempre en gozo y felicidad. Es lo que nos dice Jesús.

Sin embargo, quien la gana, buscará en ella la despreocupación, el confort y la felicidad, que no encontrará sino en apariencias. Esos perderán todo, hasta su propia vida que la vivirán eternamente en ausencia de Dios y, quien sabe como.

Si tú, igual que yo, quieres ser feliz, busca la felicidad donde único puedes encontrarla. La llave la tiene Jesús de Nazaret.

jueves, 6 de marzo de 2014

SEGUIR LO QUE VALE LA PENA



Admiro a mucha gente, y entre ello a algunos compañeros en su perseverancia y voluntad para estar cuidando la forma y mantener la actividad física con largas caminatas y paseo en bicicletas, cuando no a pie. Transmiten fuerza de voluntad y una fe en el ejercicio físico como complemento necesario para mantenerse bien y cuidar la salud.

Sin embargo, me pregunto que por mucho que se afanen, en vano sus esfuerzos porque, tarde o temprano, les vendrá su hora y su deterioro con la muerte. Lugar que todos, a muy pesar nuestro, visitaremos. No obstante, no quiero significar ni decir que esos esfuerzos no sean convenientes, buenos y necesarios, pues también debemos y tenemos que cuidar nuestro cuerpo.

Pero, resulta paradójico que existiendo la posibilidad de, sin dejar de cuidar lo uno, cuidar el espíritu que mantiene la esperanza de conservar ambos eternamente, a eso no se le preste cuidado ni se tenga en cuenta. Sorprende que se valore poco lo verdaderamente importante, pero detenido un instante observamos que la gente camina muy deprisa y piensa muy tarde, lento y muy poco.

Convendría reflexionar un poco más, porque la cuestión es de suma importancia, lo más importante diría, porque no jugamos, no sólo la vida sino la vida eterna. Y reflexiona hasta el punto de sorprenderme a mí mismo, porque hasta hoy no me cabía en mi corta cabeza lo que dijo santa Teresa: "...No me mueve mi Dios para quererte, que aunque no hubiera cielo te quisiera y aunque no hubiera infierno te temiere..."

Pero ahora llego a entenderlo, y podría decir lo mismo. Y es que aunque el Señor fuese un invento de los hombres, merece la pena cuidar el espíritu que el hombre tiene, y amar, pues ya desde aquí se vive mejor y en paz. Y es que ese deseo de ser alguien y ansia de felicidad sólo se alcanza amando y sembrando la paz y las buenas obras. Nadie se acuerda de lo bien que has vivido, ni de tus buenos momentos, sino de lo que has amado y has hecho por los demás.

De las grandes orgías, pantagruélicos banquetes, borracheras y fiestas por todo lo alto nadie se acuerda. En todo caso las desean, y desesperan por no poder vivirlas de nuevo, pero sólo queda vacío y tristeza. Se acuerdan de lo que tú has amado y has dado por amor. Sólo quedan tus buenas obras.

Y, claro, resulta que esa experiencia te pone otra vez, sin otra alternativa, delante de Dios y te hace exclamar: Gracias Dios mío porque existes y porque me haces feliz hasta el punto de amarte sin pedirte nada a cambio.

sábado, 11 de enero de 2014

LA VIDA ES UN CAMINO Y VALE LA PENA ENCONTRAR LA SALIDA



Nadie nos ha pedido permiso para crearnos, ni tampoco hemos tenido oportunidad de elegir los padres, hermanos y familia en la que hemos nacidos. Mucho menos el país o la ciudad, y menos todavía el color o la raza. No cabe duda que Alguien nos ha puesto aquí sin contar con nosotros.

Y ese Alguien deberá ser todo poderoso e infinitamente inteligente. Una inteligencia que no podemos abarcar ni comprender ni nos cabe en nuestra limitada inteligencia. Descubrimos entonces que necesitamos la fe. Pero sí alcanzamos a preguntarnos que si nos han puesto aquí, también nos habrán dejado una salida que se prolongue y continúe en otro lugar. Sería un absurdo crearnos, darnos esa inquietud y deseos de felicidad y ahogarnos con la muerte y fin.

Nuestra cabeza alberga esperanzas porque su corazón así lo entiende y se lo dice. Esperamos vencer, alcanzar la felicidad y ser eternos. Es lo más sensato y de sentido común, Y, mejor todavía, que Alguien nos lo ha dicho, nos lo ha prometido y nos lo ha demostrado con su propia Resurrección. Y hay muchos que lo han testimoniado, experimentado y vivido.

Siempre podrás negarte, porque te han dado esa capacidad de libertad, pero nunca podrás negarlo a Él, porque estuvo y está entre nosotros. Su Resurrección es un hecho atestiguado por muchos que nos lo han trasmitido, pero nuestro corazón lo descubres a menos que reflexiones un poco.

Porque llevamos dentro su sello y semejanza: ansiamos ser felices y eternos

jueves, 3 de enero de 2013

AÑO NUEVO, VIDA NUEVA

 Benedicto XVI se pregunta si los hombres aspiran a la "vida eterna"


Ese es el eslogan o refrán que solemos decir cada año que termina uno y empieza otro. Sin embargo, creo que partimos de una idea falsa, sobre todo para aquellos que creemos que la vida es simplemente una etapa en la cual vivimos la gran prueba de alcanzar la verdadera vida, la eterna.

Nuestros años serán los que tendrán que ser, pero no son principio de nada, porque no hay final. Un principio tiene final, pero si no hay final no habrá principio. Y eso para un creyente es lo principal y el fundamento de su camino y su fe. Estamos hechos y llamados para vivir eternamente.

Por lo tanto, en la medida que nos acerquemos más al final de nuestra vida, estaremos más próximos al comienzo de la verdadera, que nunca tendrá fin. Así que no se trata de un año nuevo ni tampoco de una vida nueva. Porque será la misma vida, solo que vivida desde otra dimensión, la divina, y junto al Padre que nos abre su Casa para vivir allí eternamente.

No sabemos cómo será, ni tampoco que pasará, pero si tenemos la promesa que será un lugar tan grandioso  y feliz que nunca podremos imaginar. Y la Palabra de Jesús siempre se cumple y siempre permanece. Por lo tanto, ahora si podemos decir que esa vida nueva empezará cuando termine ésta de aquí abajo, y será eternamente gozosa, sin llanto ni problemas y enfermedades que puedan perturbar nuestra tranquilidad y nuestra paz.


martes, 31 de julio de 2012

ESPERAR DEMANDA SACRIFICIO




Se trata de nuestra salud y por conseguirla sacrificamos todo lo que sea necesario. Gastamos tiempo, paciencia, dinero; también nos empeñamos en ser disciplinados, nos privamos de caprichos y otras cosas que nos impidan o perjudiquen nuestra salud. En fin, hacemos todo lo necesario con el fin de lograr sanar. Eso es lo importante.

Y lo que nos jugamos es nuestra propia salud, una salud relativa porque de curarnos sabemos que tarde o temprano volveremos a enfermar, y en una de estas nos llegará la inevitable muerte. Sin embargo, no buscamos remedio para esa muerte, la definitiva. Esa es la pregunta, ¿existe alguna posibilidad de encontrar solución para alcanzar la vida eterna?

Al parecer no es tan preocupante esa cuestión. Al menos no parece que nos preocupe mucho, pues por lo que observamos a nuestro alrededor indica que así es. Da la sensación que esa posibilidad u oferta no ha sido ofrecida y se tiende a aceptar la muerte como algo normal e inevitable. Algo así como si el hombre se resignara a su destino temporal.

Sin embargo, esa oferta está desde hace mucho tiempo prometida, y se nos recuerda, por si la olvidamos, todos los día en cada Eucaristía que se celebre. Y, para más asombro, se nos ofrece como un reglo gratuito, que no significa por eso que sea fácil ni barato.

Hablo de la Vida de la Gracia, la que nos regala nuestro Padre Dios, ¡su propia vida!, para que seamos igual que Él, y vivamos eternamente y felizmente como Él. Ha sido ganada para nosotros por los méritos de su Hijo Jesús al morir en la Cruz por cada uno de nosotros. Y no es tarea fácil conseguirla.

Necesitamos morir a nosotros mismos, despojarnos de nuestros apegos e inclinaciones para poder estar en actitud de darnos por amor a los demás. Olvidarme del yo para darme al tú. Y eso no es algo fácil ni sencillo hasta el punto que por nosotros mismos no podremos conseguirlo.

Necesitamos la Gracia del Padre y la asistencia y guía del Espíritu Santo. Y eso lo tenemos en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía y la Penitencia. Son las puertas para fortalecernos y alimentarnos en la lucha diaria contra el mal.

De la misma manera que cuidamos nuestro cuerpo acudiendo al médico cada vez que lo necesitamos y observamos algo que no va bien, de la misma forma necesitaremos cuidar nuestra alma porque en ello nos va el tesoros más importante de nuestra vida, cual es la vida eterna. Significa esto que podremos hacer realidad ese ofrecimiento que se nos ha hecho: "Vivir eternamente feliz", y no morir incluso cuando le llegue el final a nuestra vida corporal.

Es entonces cuando empezaremos la verdadera vida, la eterna y gozosa al lado del Padre Dios. Y esta reflexión debe ayudarnos a darle mayor importancia al médico de la salvación, tanto corporal como espiritual, es decir, para siempre, que al simple médico que nos cura por un tiempo nada más.

Así pensaba mientras esperaba en un sala de médico esperando mi turno. Había mucha gente y se me ocurrió que si pensáramos en esta oferta, las iglesias tendrían que estar más llenas que los despachos de médicos. ¿No les parece? Ocurre que estamos ciegos porque al parecer no sucede así. ¿Qué nos pasa?

Abre, Señor nuestros ojos y despierta nuestra mente embotada y preocupada por los problemas temporales, cuando lo importante eres Tú, el Médico que nos das la salvación eterna. Amén.

martes, 10 de julio de 2012

EL TIEMPO DE LA VIDA

No sabemos cuánto tiempo tenemos. Se nos ha dado el regalo de la...

Es la eternidad, porque no tiene sentido mirarlo de otra manera. Hemos nacido para vivir eternamente, por muchas razones, y una, entre tantas, es que lo deseamos ardientemente así. Hasta tal punto que, morir nos asusta y a la vida le damos el máximo valor.

Pero la eternidad puede ser buena o mala. Buena, porque sería la dicha inmensa de vivir eternamente en gozo y plena felicidad. Pero mala, porque puede significar estar condenado a una vida angustiada, sin paz, sufriente para siempre. Eso sería el mal de los males, lo que nadie quiere.

Sin embargo, no somos conscientes de lo que nos jugamos a cada instante. Porque esa vida eterna, buena o mala, será en función de cómo la vivamos ahora mientras pasamos por la tierra. El tiempo de nuestra vida es solamente una prueba, un puente hacia la otra, la única verdadera. 

No obstante, ocurre que nos asustamos y nos preocupamos temerosamente cuando experimentamos que nuestra vida, la de aquí abajo, está en peligro. Un buen aviso incluso nos cambia radicalmente, sin embargo, permarnecemos indiferente o distraídos ante lo verdaderamente importante, cuidar la que va a durar para siempre. Porque cuidada esta, no hay ningún miedo ni peligro lo que pase con la otra, la que ahora tenemos.

Y todo dependerá de los actos de amor que vivamos en esta. Es lo único que importa, el amor. Y amar es importarte la vida del que ahora quizás lo pasa mal porque no ha sabido hacerlo bien. No todos tenemos lo suficiente para saber hacer las cosas. Unos somos más débiles que otros, y, por eso, unos dependerán de la bondad de otros.

Claro que, al final, cada cual ha de asumir sus propios errores y aceptar su propia cruz, pero en el camino tus cruces serán también la de otros. Porque Jesús, de forma voluntaria, gratuita, y solo por amor, compartió tu cruz y se la echó a su espalda. ¿No he de hacer yo lo mismo?

lunes, 20 de febrero de 2012

NECESITO OÍR Y LUEGO VER, PERO VER SOBRE TODO LA LUZ

En la esperanza de la vida eterna, la cual...

A lo largo de mi vida he sufrido muchas enfermedades. Hasta ahora todas han sido vencidas, y, por la Gracia de Dios, no han sido demasiadas dolorosas ni de larga duración. Todas, por decirlo de alguna forma, han sido de andar por casa y de fácil remedio.

Sin embargo, a mí, por la Gracia del Espíritu, me han bastado para descubrir la necesidad de ser sanado, no de estas enfermedades de pacotilla, sino de la verdadera que amenaza mi vida para siempre y la pone en peligro de perder, "siempre", la dicha de vivir gozosamente, lo que busco, la plena felicidad en la presencia de Dios.

Así y todo, he estado al filo de la navaja, y a punto, doy gracias a mi Ángel de la Guarda, de perderlo todo. ¡Dios mío, me estremezco al pensarlo! Ha sido la única vez que, sin darme cuenta, he estado en el otro mundo, unos veinte minutos, en manos de vender mi alma al demonio. Porque no estaba preparado ni viviendo en la presencia de Dios.

Al menos, eso es lo que yo pensaba. Ahora, después de unos años, me he dado cuenta que el Señor estaba ahí, y veía todas mis andanzas, todas mis cegueras, todas mis ignorancias y mis debilidades. Y, como al paralítico, me ha curado, no solo mi enfermedad física sino también mis enfermedad espiritual. Y me ha dicho, anda, camina y no peques más.

Y tratas de ser tú ahora ambulancia, camillero, vehículo que acerques a otros a mí. Y eso, en, con y por Él trato y me esfuerzo en responderle. 

Antes sabía de su Misericordia, de su Amor, de su salvación, pero yacían escondidas y casi muertas dentro de mí. Esas eran mis parálisis más graves, y las que realmente necesitaban urgencias de ser curadas. Hoy, por su Gracia, he despertado a su verdadera sanación, la que cura, no solo la enfermedad física, sino la verdadera salvación que conduce a la vida eterna.

sábado, 6 de agosto de 2011

¡TENDRÉ QUE SER GALEOTE PARA DESPERTAR?


¿Quiénes eran los galeotes? Eran esclavos destinados a pasar el resto de sus vidas sumergidos en la "sala de máquina" de aquellos barcos para hacer el oficio de las, valga la redundancia, maquinas de hoy. Eran los llamados remeros de aquellos antiguos barcos movidos a golpe de martillos y con remos. Eran hombres sin esperanza, ocultos al sol y luna, y sumergidos en la oscuridad del vientre de enormes barcos.

Habían perdido su esperanza y toda su vida se reducía a la comida diaria y al escaso descanso para reponer fuerzas con las que volver a remar. Nadie podía salvarles de tan trágico destino. Estaban sepultados de por vida, pero con vida.

Imaginemos que, de repente, aparece alguien que les advierte, les proclama y les ofrece romper esas cadenas que les aprisionan y alcanzar la libertad. Libertad que les permita ver la luz del día, el sol y la luna, y tomar el plácido descanso para, renovados, despertar a un nuevo día que les permita gozar de las maravillas del mundo creado. 

¿Qué haríamos? ¿Aceptaríamos tal propuesta? ¿Venderíamos todo lo poseído para alcanzar tanta Gracia? ¿Estaríamos dispuestos a luchar por conseguirlo? ¿Existe en realidad esa propuesta? Porque nuestra situación, si nos fijamos bien, puede ser muy similar a la de esos galeotes del pasado.

Sin embargo, parados y puestos a reflexionar, ¡tan necesario en esta vida!, percibimos con asombro que esta figura esclavizante y atormentada no ha desaparecido. Hoy siguen habiendo muchos remeros de inmensos galeotes que surcan los mundos. Galeotes gigantes transformados en poder, en drogas, en sexo, en ambición y egoísmos que encadenan a los hombres y los sepultan en las inmensas bodegas de este mundo. ¡A cuantas esclavitudes estamos sometidos! ¡Y por qué basura vendemos nuestra autentica y valiosa libertad!

No paramos de correr, cada vez a más velocidad. No paramos de competir, de destruir, de encadenarnos, de consumir, de poner el mundo por encima del hombre y no para el hombre, y mientras, los remeros, continúan sin parar y sin esperanza. Sólo la comida y la llegada de la muerte le prometen un descanso aparente.

Y lo grandioso es que la propuesta existe: "Podemos ser liberados, ¡estamos liberados!, y llamados a conseguir lo que realmente deseamos: "Vivir en paz, pleno de felicidad eterna", y liberados del agobio de remar y remar sin esperanza. No dejemos que tenga que hundirse nuestro galeote para que, al filo de ser tragado por el mar, miremos hacia arriba y veamos la verdadera luz. Todavía estamos a tiempo. Siempre estamos a tiempo de romper la cadenas que nos atan al remo de nuestra vida.

jueves, 26 de mayo de 2011

CAMINANTE, NO HAY CAMINO, SE HACE CAMINO AL ANDAR

 Es un frase genial de Antonio Machado. Genial porque es muy profunda y en ella está contenida toda nuestra vida. Un frase, una oración que descubre el motor de cada día y enciende la actitud de empezar, cada día, de nuevo. Sin lugar a duda, el camino de nuestra vida empieza en el momento que empezamos a respirar, y ya no para hasta el final.

Pero, al mismo tiempo que nuestra respiración, también deben ponerse en marcha nuestros deseos, nuestros afanes e ideales; nuestras actitudes de búsquedas y, sobre todo, nuestro anhelo de alcanzar la felicidad. Porque dentro de cada uno de nosotros bulle un deseo de ser feliz. Pero, ¿qué entendemos por felicidad? Esa es la cuestión, porque cada cuál entenderá diferentes forma de sentirse feliz.

Y, mientras para uno ser feliz es dar rienda suelta a sus sentimientos y pasiones hasta que el cuerpo aguante, para otros es poseer bienes y riquezas. Otros anhelan poder y honores, y también los hay que desean privilegios, notoriedad y títulos. No olvidamos a los que ambicionan fama y popularidad y muchas más cosas que sería imposible de enumerar.

Sin embargo, nada de esas cosas terminan por hacerte inmensamente feliz, ni tampoco eternamente. Y, el ser humano, quiere ser feliz siempre. No un día sí y otro no. ¡Siempre! Esa es la esperanza con la que el hombre y la mujer se mueven y caminan en este mundo. Buscamos y buscamos siempre con la esperanza de encontrar un mejor trabajo, más remunerado, más cómodo; una casa mejor, un mejor coche, el amor soñado, la familia perfecta, y...etc. Todos buscamos siempre mejorar. Nunca quedamos satisfechos con lo que alcanzamos.

Mientras buscamos es señal que estamos vivos porque buscamos y buscamos en la esperanza de encontrar algo que nos haga más feliz. El hombre que espera es un hombre vivo, que camina. Podemos observar y afirmar sin temor a equivocarnos que, el hombre y la mujer tienen dentro de sí el germen de la felicidad, y quieren ser felices. Y lo que le motiva a ello es la esperanza de poder conseguirlo algún día. Porque de no ser así se pararía, y dejaría de caminar. Entonces, se acabaría el camino, y si no hay camino, tampoco hay caminante, porque el camino se hace cuando hay alguien que camina: El caminante.
Por lo tanto, la esperanza es la gasolina, la clave y el móvil que nos pone en actitud de caminar y buscar. Visto y experimentado que la esperanza en las cosas de este mundo, materialista y consumista, no la dan sino todo lo contrario, la quitan, nos queda sólo un camino esperanzador, y ese es "la esperanza cristiana". Porque el creyente espera, no en este mundo, sino que trasciende más allá, y descansa su esperanza en la promesa de JESÚS: "Quien come mi Cuerpo y bebe mi Sangre tendrá vida eterna".

Sumergidos en este mundo asfixiante, lleno de tentaciones materialistas y consumistas, necesitamos pertrecharnos con las herramientas necesarias para la lucha y el combate que nos ayuden a poder vencerlo y vencernos a nosotros mismos. Nuestra cárcel carnal, que nos envuelve y presiona, es el principal frente al que tendremos que enfrentarnos en este camino que hacemos al caminar. Y para ello, como nos aconseja Benedicto XVI en su encíclica Spe Salvi, tenemos tres lugares que nos ayudarán a fortalecer, como si de un gimnasio se tratara, esta hermosa y necesaria virtud de la esperanza cristiana.

En primer lugar la oración. El diálogo abierto, cercano, íntimo y confiado con el PADRE DIOS. Sin cortapisas, sin audiencias, en todo momento y lugar. Seguro de sus respuestas y confiado en su comprensión y misericordia. Sin medida de tiempo, con toda la paciencia y delicadeza del mundo. Y dispuesto siempre a la escucha, incluso en los momentos de mayor soledad y cuando todos te han dejado solo. DIOS es el PADRE que da esperanza, porque su Palabra es Palabra de Vida eterna.

Nuestro camino, en nuestro propio caminar, está lleno de alegrías, pero también de dolor y sufrimientos. Tanto físicos como psíquicos y morales. Nadie escapa al dolor, pero también, el dolor, nos ayuda a mejorar, a comprender, a fortalecernos y a darle sentido a nuestro camino. Cuando el dolor y el sufrimiento se aceptan, no con resignación, sino con la esperanza de que hay una vida mejor, éste no tiene la última palabra, crecemos y maduramos, y nos fortalecemos en espíritu y en verdad. Nos sentimos más capaces, más libres y esperanzados. Dentro del dolor experimentamos un gozo de esperanza.

Y, finalmente, cuando el camino lo hacemos dentro de estas coordenadas y vemos que, allá en el horizonte, empieza a deslumbrar nuestro atardecer, nos llena de gozo y esperanza el experimentar que hemos cogido la buena senda, la de la esperanza de la verdadera y única vida, la que es plena de gozo y felicidad y, ¡además!, eterna. Es entonces cuando todo se ilumina y tiene verdadero sentido. El camino está hecho, se ha recorrido y se ha llegado al puerto anhelado. Realmente queremos eso, "la vida plena de felicidad y eterna".

miércoles, 2 de febrero de 2011

¿QUÉ SENTIDO TIENE VIVIR PARA MORIR?

Morir para vivir

Sabemos, de nada vale mirar para otro lado, que algún día, y no muy lejano, tendremos que enfrentarnos a la muerte. Hemos estado en muchos tanatorios acompañando a familiares, amigos y vecinos por la muerte de un ser querido, pero muy pocas veces hemos pensado seriamente que a nosotros nos tocará un día también. Y eso es lo único cierto y seguro que sabemos.

¿Qué sentido tiene vivir para en un tiempo más o menos corto morir? Nacemos para luego morir y realmente eso no tiene mucho sentido. Nos preocupamos desesperadamente por curar nuestras enfermedades y toda nuestra vida es una lucha por mantenernos sanos. No regateamos en hacer sacrificios por evitar caer enfermo, pero, sabemos, que tarde o temprano caeremos y en una de esas caídas no levantaremos más. ¿Tiene esto sentido?

Todos buscamos la vida desesperadamente, incluso aquellos que, postrados en cama, están destinados a pasar su vida de esa forma. Recuerdo ahora el tan comentado y controvertido caso de Ramón Sampredro , porque buscan desesperadamente la muerte para vivir. La eutanasia es una forma de en la muerte conseguir la vida, el descanso. El hombre está llamado a vivir, pero no una temporada, sino para siempre. Sólo así tiene sentido la vida.

Conozco a algunos jóvenes desesperados después de hundirse en la esclavitud de la droga que piden desesperadamente ayuda, que están sometidos y acabados, que no son dueños de sí porque su voluntad la han entregado y que no son capaces de dejarse ayudar. Sólo se puede esperar a que sean capaz de levantarse con la ayuda necesaria, pero mientras sólo buscan subsistir dominados por eso que creían que les iba a dar la felicidad.

Una y otra vez se les ofrece una ayuda seria, pero ya su voluntad está poseída y su libertad encadenada. Es un pozo difícil de salir. Las estadísticas de reinserción señalan que un tanto por ciento mínimo, incluso después de varios intentos, escapa de esta cárcel. 

Pero hay muchas formas de vivir encadenados que nos impiden liberarnos de caminar hacia nuestra propia libertad y hacia la vida eterna. En este camino, los contratiempos y enfermedades que nos acechan de forma natural para acabar con nuestra vida terrenal, son nuestros mayores aliados, porque nos preparan, nos sacuden y nos advierten que esta vida no es la verdadera vida, sino que es la que tendremos que dejar para conseguir la otra.

Porque Resucitar, promesa que nos ha hecho JESÚS de Nazaret, no es volver a vivir, sino haber conseguido la verdadera vida, por eso hay que morir a esta, que no acabará nunca. Y esa es la importante, la que vale la pena buscar, la que verdaderamente da sentido a mi vida. 

Se puede vivir sin pan, sin levadura y sin una cuenta en el banco, pero jamás se podrá vivir sin sentido. Lo que da sentido a mi vida es la meta a la que me dirijo, y esa, quieras, te des cuenta o no, es conseguir vivir eternamente. De nada vale huir de esta, a pesar de pasarlo muy mal, porque es precisamente esta vida con la que podemos ganar la única y verdadera que existe. Ésta es sólo un cromo por la que cambiamos la verdadera.

Y el cromo se llama amor, y amor no como nosotros lo sintamos y nos parezca, sino amor tal y como nos ha enseñado JESÚS, y el ESPÍRITU SANTO nos indica. Sólo así podemos obtener y salvar nuestra verdadera vida. Por todo ello, necesitamos pensar un poco más y mirar más allá de lo que tenemos delante. Vemos el mar y pensamos que nunca nos vamos a mojar, pero sabemos que un día nos llegará nuestra propia ola y nos envolverá. Para entonces debemos estar pertrechados de la vestimenta necesaria que nos mantenga limpios y no nos empape del agua de este mundo, sino de la que viene de arriba.



sábado, 11 de septiembre de 2010

PAPEL DE FUMAR


Por mi propia experiencia y por todo lo que he observado en los demás, experimento que las personas meditan y reflexionan muy poco. Y cuando lo hacen, lo hacen convencidas de que no van a cambiar o no pueden cambiar. Sin una actitud decidida y libre muy poco se puede cambiar. Sólo cambio cuando lo apetecido es irrevocablemente querido y deseado por mí.

Una enfermedad irreversible; una situación económica grave; una tragedia; un accidente; una situación insoportable, y muchas otras que puedas imaginarte, que te obligan a cambiar de actitud en tu vida y a soportarlas. Es entonces cuando miras para el cielo y tu vida empieza a girar en torno a preguntarte que caminos vas a tomar.

No son sólo palabras sino hechos que ves y tienes delante de ti. Personas que han conseguido dinero, una situación acomodada, bienes, suntuosas y hermosas casas donde vivir, toda clase de lujo y bienestar y... al final experimentan que se quedan solas porque los demás no pueden seguir su lujoso ritmo de vida. Debe emigrar a otros círculos donde pueda competir y seguir escalando puestos.

Empiezan a comprender que, posiblemente, se hayan equivocado. No quieren cambiar de amigos, pero estiman haberlos perdidos. Nada es igual. Su dinero, su poder los excluyen de los demás y, al final, los deja solos y vacíos. Se dan cuenta que la felicidad no es nada de eso, pero, también, se ven atados y pesados con tanta carga encima de ellos. Las cadenas son muy fuertes y se hace arduo y difícil cambiar. ¡Hay ya tantos apegos!

Porque si todo va según tu determinas y quieres, o, al menos, se aproxima mucho, seguirás el rumbo y ritmo que, tú mismo, te has impuesto y difícilmente cambiarás. Has encontrado tu reino e, instalado en él, te encuentras muy bien y satisfecho. ¡Esto si es vida", y te dispone a vivirla de forma intensa y gratificante.

Sin embargo, nunca dejarás los dos ojos cerrados por si algo puede cambiar u ocurrir. Estarás obligado a estar vigilante y preocupado por los posibles riesgos o accidentes que puedan venir. Y eso no te dejará, al menos de forma plena, ser totalmente feliz. También, la conciencia de que haya un tiempo de caducidad, te interpela e incomoda y no te deja plenamente gozar como tú desearías.

Y es que estás apoyado en "papel de fumar", estás apoyado en cosas caducas que tienen su tiempo contado y se desvanecen como humo perdiéndose en el vacío. Todo lo que te pueda llenar de gozo y felicidad que no sea el darte y el amar olvidandote de ti mismo, son gozos efimeros y que no se traducen en la felicidad que realmente buscamos.

Nada de lo de aquí abajo nos servirá para la meta a la que estamos llamados, y eso debe ser el centro y la preocupación que nos sobrecoja y nos determine en nuestro actuar y ser. Pero eso no debe ser un pensamiento más, una lectura más, sino un punto de inicio al cambio y a la búsqueda seria de empezar el nuevo camino.

¿Dónde buscar ese Reino deseado? La vida en este Reino, dice Reinhold Schneider, es la continuación de la vida de CRISTO en los suyos; en el corazón que ya no es alimentado por la fuerza vital de CRISTO se acaba el Reino; en el corazón tocado y transformado por esa fuerza, comienza... Para un creyente, la muerte es la plenitud de la vida, y con ella comienza el gozo y la felicidad perseguida en XTO.JESÚS (del libro JESÚS de Nazaret, de Benedicto XVI).

Todo ello significa que quienes viven injertados en JESÚS, viven ya un adelanto del Reino, aunque en camino de purificación, pero alimentados por la esperanza y la paz de saberse convocados al banquete eterno. Y tal alegría y gozo desdibuja y olvida todo lo que aquí se puede conseguir estimándolo como basura ante tan grande tesoro: la felicidad eterna.

miércoles, 13 de enero de 2010

LO IMPORTANTE ES COMO ACABA TODO.


No tiene sentido vivir sin mirar donde vamos, y cuando y como será el final del viaje. Porque, queramos o no, sabemos que en algún momento nuestro viaje se detendrá y, nos guste o no, tendremos que bajarnos y parar nuestro camino. En ese momento se acabó nuestra capacidad de elección y todo nuestro destino estará a merced de la Misericordia de DIOS.

Nunca he entendido, y cada día más, que los hombres y mujeres capaces de hacer grandes obras, aquí en la tierra, dotados de una inteligencia extraordinaria, para nosotros los hombres, y tocados por un talento superdotado para descubrir y realizar grandes logros que hacen la vida de los hombres y mujeres más agradable, más confortable, más humana, no sean capaz de darse cuenta que sus propias vidas terrenales terminaran un día.

Sí, por supuesto, que sé que lo saben, pero lo que no llego a entender es que, sabiendo y conociendo lo que nos va a ocurrir no reparen en meditarlo y reflexionarlo. Y digo esto dando por sentado que si que lo habrán pensado y meditado, pero, ¿qué eso no les haya movido a cambiar el rumbo, no lo entiendo? Sólo llego a la conclusión que, al final, no son muy inteligentes.

Pueden alegar diciendo que no creen en nada y, por lo tanto, nada tienen que cambiar. Sin embargo, se crea o no, la elección debe hacernos tomar una decisión y actuar en consecuencia. Por ejemplo, pienso que una persona que no crea, su actuación deberá ir dirigida a enriquecerse todo lo más posible en este mundo, y pasarlo lo mejor posible. Es en lo único que cree, y, por supuesto, lo único que tiene. Debe, en consecuencia, aprovecharlo lo mejor que pueda.

También, pienso, que todo estará muy sujeto a la estrella que cada uno tenga. Me refiero a la tan llamada suerte, pues a muchos la vida les depara, por mucho que posean y tengan, muchos sufrimientos, tropiezos, contrariedades, enfermedades...etc. Pero lo más clarificador y notable es que, a pesar de todo, la película termina siempre igual y la pregunta siempre es la misma: ¿Para qué tantos anhelos, esfuerzos, luchas, enfrentamientos, avaricia, guerras, poder, riquezas... sí siempre ocurre igual y todo termina de la misma forma¨"con la muerte".

Se desprende que hay algo más importante que todos deseamos y buscamos, y que está dentro de nosotros mismos, y que también, nos ha sido proclamado. Sería inteligente y muy importante escucharlo, darle gran importancia y observarlo. Conocemos ya nuestro fin terrenal, ¿no valdría la pena tratar de conocer nuestra continuidad? Porque todos ansiamos tenerla, y todo aquello que se desea y se ansía está dentro de la posibilidad de alcanzarlo.

De todas formas, lo conocido no nos llena plenamente, no nos satisface, pues nos morimos de miedo que nos llegue el momento de acabar y nos entristecemos en la medida que se acerca. La vejez, aquellos que pueden sentirla y vivirla, es un camino de plazos que nos indica como nos vamos deshaciendo y acabando nuestro vivir. ¿No vale la pena buscar otra posibilidad más de acuerdo con lo que sentimos dentro de nosotros mismos?

Desde esta reflexión, qué creo todos nos hacemos en algún momento de nuestra vida, es de dónde vivencio la experiencia de no comprender como permanecemos pasivos ante tal realidad y tan grande tesoro. Observo anonadado como se cambia la Vida plena y eterna por un puñado de años donde la rutina y la insatisfacción no nos deja ser libres y nos esclaviza buscando y buscando donde no hay sino un volver a empezar. Nada nos llena plenamente y tratando de buscar se nos va la vida sin encontrar ese tesoro que anhelamos, y que lo tenemos delante de nosotros mismos.

Detrás de esta vivencia experimento que no hay nada más inteligente y sabio que buscar el verdadero tesoro de nuestra vida. Y eso está vinculado a mirar cuál será el final de nuestro viaje. No para preocuparnos y estar pendiente, pero sí para vivir el presente, es lo que importa, más de acuerdo con lo que será nuestro final. Estamos llamados a una vida mejor y gozosa, pero eso nos exigirá unas actitudes que, sintiéndola en nuestro interior, debemos esforzarnos en que no sean ahogadas por nuestras tendencia humana que nos impide realizarlas.

Posiblemente tengamos la idea de pensar que una vez nos llegue nuestro final, todo acabará, y dejaremos de sentir y de padecer. Ojos que no ven, corazón que no siente, dice el refrán. Más no debemos perder de vista que, pase lo que pase, no moriremos, sino que permaneceremos vivos, sólo que estaremos a la derecha o a la izquierda del gozo eterno o de la condena a vivir desesperados para siempre. Esa es la carta que nos jugamos por mucho que queramos mirar para otro lado. Y esa es, según yo lo creo, la mejor forma de pensar y de ver las cosas. Como diríamos en nuestro lenguaje: "la manera más inteligente de entender la vida que nos ha sido regalada".

jueves, 27 de marzo de 2008

Era un joven...(II)


Lo inevitable es el regreso a nuestra propia pobreza. Nos hace falta caer para vernos tal cual somos. Todo se termina: nuestra elegancia, nuestra apuesta apariencia, nuestra juventud..y sobrevienen tiempos de carencias, de sequedad, de enfermedad y sufrimiento. Tenga lo que se tenga la vida es un camino a recorrer y, cuando se llega, sólo se entrega lo que se haya compartido con autentico amor. Hay un pensamiento que refleja muy bien lo que queda al final de nuestra vida: "lo que gané, ya no lo tengo; lo que tengo, lo perdí; sólo me queda lo que dí".

Al final, el joven se encontró con el mismo y viéndose hundido y sin rumbo pensó de nuevo en JESÚS. ¡Que idiota había sido! ¡Que camino inútil y equivocado había tomado! La vida vivida sin sentido nos lleva al caos y la desesperación. La muerte que nos espera nos quita toda esperanza y valor a nuestra propia vida por muy feliz y maravillosa que nos parezca haberla vivido. Sólo vale y queda el presente, y el presente es la muerte que nos espera. Todo lo que no sea esperanza de vencerla es vano e inútil. Absorto en estos pensamientos, el joven que nos ocupa pensó: volveré a caminar por los caminos de JESÚS; es posible que todavía esté esperándome y pueda ponerme a su lado. Y sin más, empezó a buscar y a caminar hacia el encuentro.

La maravilla es que JESÚS siempre está dispuesto y esperando el encuentro. ¡Que sorpresa cuando se dió cuenta que era JESÚS quien había estado esperando que se pusiese a su lado! ¡Su asombro fue enorme y su respuesta empezó a ser más libre y generosa. Había acudido, pensó, por necesidad y por no tener a quien recurrir, y ahora se encuentra que es JESÚS quien le espera y le abre los brazos. No lo entendía después de tanto desatino, olvido e indiferencia. Olvidamos muy pronto lo que JESÚS nos quiere e hizo por nosotros y no nos damos cuenta que el sabe que somos de barro, frágiles, pecadores. Sólo le basta arrancar nuestro arrepentimiento. Y lo curioso es que muchos necesitamos, como el joven de quien hablamos, caer bastante bajo para arrepentirnos. Y ahí no acaba todo, sino que es de recibo que a pesar de estar perdonados y aceptados a la salvación, no por eso estamos eximidos de nuestras culpas y pecados. Debemos pagarlos y asumirlos con nuestro dolor y sufrimiento. El joven, poco a poco, fue dándose cuenta de que se le presentaba un camino duro y tormentoso. Sentía,ahora, paz y serenidad, pero había un desierto largo que recorrer: amargo, oscuro, pesado, seco, frío, triste, sufrido, solo, marginado, abandonado y muchas cosas más. Sin embargo, había una diferencia: "ahora lo iba a recorrer con JESÚS". Trataría de no adelantarse ni atrasarse, siempre a su paso y a su lado. Así todo lo que iba a pasar estaría suavizado por la esperanza que JESÚS nos promete.

Se daba cuenta, seguía reflexionando el joven, que ese camino era la cruz que cada uno, en este caso él, tiene que cargar sobre sus hombros y añadirlas a JESÚS que le acompaña. Él la hará grata y valiosa a los ojos del PADRE para que alcance su misericordia. Sin saber como empezó el camino empujado por una fuerza interior que le motivaba y le fortalecía a continuar con firmeza y decisión. Y entró en la casa y la lucha se hizo rutina, cansancio, desánimo y sufrimiento, pero la esperanza daba sentido, paz, alegría y valor. Y el encuentro Pascual que se espera vence todos los obstáculos por muy difícil y duros que sean. Claro, esto no se entiende desde un mundo como del que venía el joven, pero él había pasado su desierto y lo entendía.

Poco tiempo después, el joven se sorprendió al verse reflejado en lo que JESÚS había dicho, según el Evangelio Lc 15, 11-32, sobre un Padre que tenía dos hijos... su vida era muy similar, pero de momento había una gran diferencia, que en la suya, él no se había quedado fuera sino que había entrado en la casa, invitado por el Padre y en ella estaba viviendo.

martes, 25 de marzo de 2008

Era un joven...(I)


Era un joven apuesto y elegante, aceptablemente saludable, divertido, amante del juego sano y competitivo, algo soberbio y hasta cierto punto desprendido. Con el tiempo ese joven se hizo rico y se situó muy bien en la vida. Poco a poco se fue dando cuenta de que lo tenía todo: ¡la vida regalada!. Sí, lo había trabajado, pero lo recibido era desproporcionado al esfuerzo trabajado. ¡Cuantos otros, con mucho más esfuerzo no tenían sino lo justo para ir subsistiendo! Sin embargo, a pesar de tenerlo todo, lo más importante: sus valores, no los tenia en el primer lugar. Su corazón no estaba del todo con el verdadero tesoro que poseía, que eran sus valores, sino que se apegaba a las cosas más inmediata y de respuestas más placenteras materialmente hablando.




Como sin darse cuenta, resolvió irse alejando de lo que entendía como valores que su conciencia le dictaba: justicia, honradez, fidelidad, desprendimiento, preocupación por el otro, familia, en una palabra amor. Desde niño había seguido la huella de JESÚS de Nazaret que había oído en la escuela y parroquia. Le había entusiasmado ese estilo de vida y, sobre todo, la promesa de la Resurrección eterna para ser siempre feliz. No encontraba en las cosas de los jóvenes, aún siendo divertidas y buenas, satisfacciones duraderas que le llenaran totalmente. Siempre había un volver a empezar para regresar al mismo vacío. Una y otra vez hasta llegar a cansarle y aburrirle. Flotaba en su pensamiento la idea de resignación, ¡ la vida es! así, ¡que vamos a hacer!; y le consumía el horizonte de una vida plana y sin esperanza.




JESÚS era otra cosa. La vida seguía igual, pero las esperanzas son muy diferentes. Había una promesa de resurrección y de vida vivida en plenitud. Valía la pena luchar, aunque el camino sea igual de oscuro y difícil, para alcanzar algo que en lo más profundo de su interior sentía como algo a lo que estaba llamado. Además, en el camino experimentaba otra clase de alegría que perduraba y no se extinguía. Le llenaba y sentía satisfacción, pero, también, llegaban momentos de duda, de oscuridad, de cansancio y de tentaciones. Era una lucha de opciones y de decisiones muy importantes: el camino estrecho que te dicta tu conciencia, o la puerta ancha que te abre las maravillas de este mundo finito que te deleita, pero que no te llena y se acaba. ¿Cual escoger?




Entre estas tribulaciones y luchas, sin darse cuenta, ese JESÚS al que había seguido muy temprano en su vida, empezó a alejarsele. Unas veces corría y me adelantaba y otras veces me entretenía y me quedaba detrás. Cuando iba delante no le veía, y cuando me quedaba retrasado lo perdía de vista. Empezaba a costarme mantener sus mismos pasos y permanecer a su mismo lado. Empezaba a aburrirme de ir solo, muchas veces muy adelantado y otras muy atrasado. Y surgieron las preguntas: ¿que le pasa a JESÚS?, ¿por qué no está a mi lado? ¡Ya casi no le oigo, ni le escucho, ni le veo! ¡Me estoy aburriendo de seguirle en estas condiciones! Mira, que por seguirle me estoy perdiendo muchas cosas de este mundo. Y poco a poco empezó a mirar más el mundo que le rodeaba que a JESÚS, que fue quedando en el olvido. Y, claro, se termina pensando tal y como se vive. Y, sus valores, por los que había hecho mucho en su juventud empezaron a desdibujarse en la medida que su lejanía de JESÚS iba también desdibujandose.


Y así se llegó a donde inevitablemente se llega siempre: el olvido de los demás y el mirarse uno mismo, es decir, el puro egoísmo. Llegado a este punto, empezó a caminar por los caminos del placer, de la búsqueda de si mismo, del vivir para la vida de los sentidos, de la fiesta y los vicios y de los despilfarros y el desorden. Estos últimos son las consecuencias a las que siempre se llega. Digamos que son las metas últimas de los desenfrenos y pasiones desmedidas por donde se busca la felicidad. Dio riendas suelta a sus pasiones y apetitos. En ellos veía la felicidad que tanto buscaba y que no encontraba en JESÚS. Eso al menos fue su experiencia. Se cansó de obedecer y de ser fiel a algo que no le parecía responder a sus deseos. En el lado opuesto experimentaba gozo inmediato, placer apasionado, autoestima y bienestar. ¡Que dulce era la vida! ¡Estaba equivocado!, parecía exclamar desde su interior. Se sucedieron unos años maravillosos.


Pero, al igual que le sucedió en su etapa de juventud, todo se fue apagando. El camino se vislumbraba efímero y finito y, por otro lado, sus responsabilidades estaban ahí atenazándole y reprochándole su conducta. Estaba siendo infiel a muchas cosas que no podía negar. Estaba actuando contra su propia conciencia. Hubo momentos de emociones y de aceptar, no podía negarlo, su reprobada conducta. Sabía, lo admitía en su interior, que estaba actuando mal, pero la felicidad de la fruta ya madura era algo a lo que no tenía fuerzas para negarse. Estaba cogido por el habito del mal y el desorden. El demonio lo había atrapado. Sintióse a la deriva y cuesta abajo. El desplome se veía venir. Las riquezas incontroladas y mal administradas amenazaban con acabarse y... sucedió lo inevitable.
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