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Salvador: mis vivencias e inquietudes

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viernes, 18 de agosto de 2017

JESÚS, EL MEJOR AMIGO

En tu vida, posiblemente, has encontrados muy buenos amigos. También es posible que algunos te hayan decepcionados, y otros, creyéndolos tan buenos, no hayan dado la talla llegado el momento crucial y vital de tu vida. Porque, un buen amigo es aquel que está dispuesto a dar la vida por ti. Y a darla de forma gratuita e incondicional. Incluso, habiendo recibido engaños, insultos, traiciones y...etc.

¿Crees que encontrarías, en este mundo, un amigo dispuesto a eso? Imagino que estarás de acuerdo conmigo que será imposible, y coincidirás que no. Nadie está dispuesto a darse gratuitamente, a menos que, relacionado con Jesús, aprenda, por su Gracia, y sea capaz de esforzarse en parecerse a Él. Luego, el Espíritu Santo hará el milagro de convertir su corazón de piedra en un corazón manso y humilde como el de Jesús.

Sin lugar a duda, Jesús es nuestro mejor amigo, pero para ello hay que descubrirlo personalmente. Porque, eso no se experimentará sin acercarse a Él y entablar una relación seria y profunda con Él. Son muchos los que nos lo han dicho y nos lo han testimoniado. Pero, hay tres momentos que nos lo descubren y nos lo transmiten de forma directa y personal. La Palabra de Dios, que nos revela el envío de su Hijo y nos lo presenta como el enviado, señalándolo, delante de Juan el Bautista, como el Predilecto, el enviado y al que nos remite y nos sugiere que le hagamos caso.

El Hijo, el Mesías, que acepta voluntariamente la misión encargada por el Padre y se ofrece, dándose gratuitamente a una muerte de Cruz, para redimir nuestros pecados. Entre ellos, los tuyos y los míos.  Y ofreciéndonos la posibilidad de alcanzar la Misericordia del Padre y la salvación eterna. 

Y, finalmente, el envío y la venida del Espíritu Santo, el Paráclito, que continuará, junto a cada uno de nosotros, el camino hacia la Casa del Padre. El Espíritu, que nos asistirá y nos fortalecerá para que, cada día, salgamos victoriosos de nuestra lucha personal contra los poderes del príncipe de este mundo, que trata de alejarnos de nuestra íntima amistad con el Señor.

miércoles, 9 de agosto de 2017

ANTE EL REINO DE DIOS


Es hermoso descubrir el valor de las cosas. Y tan hermoso que, ante una de esas cosas de las que tú sabes su valor, sacrificas algo de ti o de tus bienes, para adquirirla y poseerla. Posiblemente sea una experiencia que cada uno de nosotros haya experimentado. Lo que nos lleva a la conclusión y descubrimiento que, todo aquello que no se experimente, posiblemente no se conozca ni se valore adecuadamente.

Quizás, eso lo sabemos. No decimos nada nuevo, pero una cosa es saber y otra experimentar. Y el experimento sólo se hace en movimiento. Para encontrar hay que buscar, y se busca en la medida que sales de ti mismo y caminas. Aquel campesino encontró un tesoro en un campo que no era de su propiedad, y tan grande le pareció el tesoro encontrado que se puso por obra reunir todo lo necesario para comprar ese campo.

Sin embargo, observamos, como dice el Papa Francisco en su homilía del domingo -30 de julio - que adquirir ese tesoro tan estimable y valioso para el campesino, le exige búsqueda, movimiento, esfuerzo...etc. No se encuentra quieto, acomodado, instalado y sin inquietud. Puede eso cuestionarnos e interpelarnos sobre nuestra actitud de búsqueda y nuestros esfuerzos por encontrarnos y experimentarnos con la presencia del Señor. Porque, quizás, todavía no descubrimos el gran Tesoro que es nuestro Señor Jesús para cada uno de nosotros.

En el otro extremo tenemos, siguiendo la hermosa y clarividente reflexión del Papa Francisco, al mercader, experto en valoraciones y tasaciones de joyas. Mucho tuvo que impresionarle aquella perla encontrada que se planteó inmediatamente en desprenderse de todas las demás para adquirir esa única perla. En ella encontraba todas sus aspiraciones de joyero que le bastaba para ser feliz. ¿Qué experiencia tenemos nosotros? ¿Nos ocurre algo parecido? 

Ese debe ser el síntoma del encuentro con Jesús. Porque, Él es el Reino que nos colma de esperanza, de alegría, de felicidad y gozo eterno. Él es el Tesoro y la Perla que colman todas nuestras aspiraciones y al que debemos tener en el centro principal de nuestra vida.

lunes, 31 de julio de 2017

CUANDO ME APETECE TE ABRO MI PUERTA

Esas palabras del Papa Francisco me dan y ayudan a echar una mirada dentro de mi propio corazón. Porque esa es mi tierra. Y, seguramente, tendrá un poco de todo: Será muchas veces carretera, donde la siembra de la semilla rebota, porque me hago impermeable, frontón o pared, donde la pelota siempre sale despedida y de regreso. 

Pero, también puedo ser terreno lleno de piedras, donde la semilla echa raíces y se abre al amor, pero la poca tierra que tiene no le deja hundir sus raíces con profundidad. Echa pronto raíces y quiere amar, rezar y dar testimonio, pero su superficialidad le cansa. No persevera y su terreno rocoso prevalece sobre la tierra buena. Es inconstante, pasajero y cómodo. Quienes reciben al Señor cuando les apetecen, no dan frutos, nos dice nuestro Papa Francisco. 

Y es una verdad hermosa, porque nos puede ayudar a reflexionar profundamente. Cuantas veces nos ocurre a nosotros eso. Nuestra poco compromiso, nuestras propias piedras de nuestros corazones nos ahogan y nos alejan de perseverar y tener a Dios como centro de nuestras vidas. Sí, muchas veces podemos estar anclados en esa tierra llena de piedras que no nos deja centrar nuestra vida en el Señor. Y nuestros frutos no son los adecuados ni los debidos.

Pero también, continua el Papa, nuestra tierra puede estar llena  de espinos y zarzas, que sofocan nuestra tierra buena y ahogan nuestro corazón. Son nuestros vicios, nuestros afanes y nuestras riquezas, que desplazan a Dios hacia un segundo lugar. Y, sí, lo tenemos entre nosotros, pero le vamos arrinconando con nuestros afanes materiales de poder, de tener, de vivir para nosotros mismos, y le ahogamos hasta casi desaparecer de nuestras vidas. Y si no los arrancamos de nuestros corazones, Dios no puede entrar en él y, por consiguiente, no daremos frutos.

Cada cuál sabe donde pueden estar sus piedras o sus espinos. Y también si su vida está en la carretera. Cada cuál puede limpiar su corazón y abonarlo para que la Palabra de Dios germine y dé los frutos que harán de su corazón un hermoso jardín que agrade al Señor y que, presentado a Él, nos llene de gozo, de alegría y Vida Eterna.
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