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Salvador: mis vivencias e inquietudes

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lunes, 20 de abril de 2015

UNIDO AL CORAZÓN DE JESÚS



El jueves fue día de reflexión y meditación. Reflexión sobre la Pascua, y meditación ante el Santísimo. El tema no podía ser otro que la Resurrección del Señor, porque en ella se apoya nuestra fe. Sin la experiencia del Jesús Resucitado todo se ha acabado. 

Esos eran los sentimientos que aquellos dos discípulos llevaban en sus corazones. Se habían separados del de Jesús. Ese Jesús en el que habían puesto todas sus esperanzas y con el que habían compartido aproximadamente tres largos años. Pero todo, al parecer, había acabado. Ya era la mañana del domingo y no había sucedido nada.

Con esos sentimientos iban de regreso a la aldea de siempre. A su querida Emaús, a once kilómetros aproximadamente de Jerusalén. Volver a empezar una vida sin esperanza y en la misma rutina. La decepción era grande, hasta el punto que no advirtieron a un extraño que se les agregó, e interesado por sus rostros abatidos, les pregunta que ha ocurrido. Y ya sabemos la historia que sigue (Lucas 24, 13-35). Quizás nos interesa más el cómo nos sentimos nosotros.

Porque, ¡eso no es simplemente historia! ¡Ahora ocurre lo mismo! Hemos celebrado hace unos días la Pascua, pero también hoy y ahora la continuamos celebrando. El Jesús que al parecer se fue en aquel momento, también hoy parece haberse ido. Quizás eso puede parecernos si experimentamos lo mismo que aquellos discípulos de regreso a Emaús. Sería bueno preguntarnos cuál es nuestra experiencia de hoy, porque hoy es nuestro tiempo y nos toca a nosotros responder.

¡Porque si Jesús resucitó, como nos cuenta la Escritura, para aquellos discípulos, que volvieron de nuevo a reunirse, llenos de gozo y alegría, con los demás del grupo, y no lo ha hecho para nosotros, posiblemente seamos nosotros los que hemos regresado a nuestro Emaús! A ese Emaús de iglesias muertas; de preceptos y celebraciones. De vidas mediocres y sin sentido, donde impera el cumplimiento y la norma, pero se regatea el compromiso y el amor.

Quizás no hayamos experimentado la Resurrección de Jesús cuando no estamos dispuestos a vencer nuestra soberbia, nuestra justicia y nuestro derecho, exigiendo que se nos dé el mismo perdón que se nos pide. ¿Acaso Jesús te ha pedido a ti primero que le pidas perdón? ¿No te ha perdonado Él sin pedirte nada a cambio? Incluso, te ha perdonado dejando a tu libre albedrío la decisión de pedirle perdón o no.

¿Y tú te plantas y eres capaz de exigirle perdón a tu hermano? ¿No recuerdas la parábola del rey que perdonó a su siervo, y este luego se ensañó con su deudor, y fue condenado por el rey? No cabe duda que cuando somos capaces de mantener estas actitudes de suficiencias, descubrimos que Jesús no ha resucitado en nuestro corazón.

Pero lo más grande de todo es que experimentamos que, no nosotros, sino Jesús es quien nos puede cambiar. Como cambió a aquellos discípulos desencantados. Pero necesita nuestro sí y nuestra cercanía. Sí, Señor, Tú eres el Cristo Resucitado, y no queremos dejarte pasar. Danos tu bendición y revélanos tu presencia al partir el Pan.

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