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Salvador: mis vivencias e inquietudes

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lunes, 31 de enero de 2011

¿SOY FELIZ?


Esa pregunta me la hicieron en domingo en la Eucaristía. El Evangelio invitaba a eso, "Las Bienaventuranzas", porque en cada una de ellas, JESÚS, pronunciaba la palabra  "dichosos", que significa felices o bienaventurados. Y claro, si dichosos son aquellos pobres en el espíritu, los sufridos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia, los que, por seguir a JESÚS, padecemos alguna de estas situaciones tendremos que, a pesar de todo ello, estar y ser felices.

Por eso, la pregunta, tenía su intención y estaba hecha para cada uno de los que estábamos allí. Incluso, se nos invitó a pronunciarnos y a compartir si realmente nos sentíamos felices. Tengo que confesar que me quedé en blanco. No sé si por miedo al respeto humano o por no saber claramente que decir. Creo que más a lo segundo que lo primero, porque estoy acostumbrado a hablar en público y creo haber superado el miedo al ridículo, pero no sabía decir, al menos en ese momento, si era feliz o no.

Una cosa estaba clara, todos los que estábamos allí deberíamos estar felices, porque de no ser así no tendría sentido estar allí. Uno no visita a alguien si no le da gusto y alegría el hacerlo. De hecho, cuando nos encontramos con alguien a quien llevamos tiempo sin ver nos alegramos y se lo decimos. Igual debe suceder cuando visitamos al SEÑOR en la Eucaristía, si no, ¿po qué vamos?

Daba vueltas mi cabeza en encontrar respuesta a esa pregunta, porque seguir a JESÚS tiene que hacerme feliz, y de hecho lo soy, pero no lo sentía tal y como yo creía. Y esa era la cuestión y la clave. No es la alegría y la felicidad un sentimiento, sino una causa de sabernos en Manos de Alguien que nos ama y nos promete la salvación. Esa es la verdadera alegría, que se manifiesta en paz, sosiego, serenidad, mansedumbre, equilibrio, bondad y plenitud de saberte seguro y en las mejores Manos.

Y fue un niño quien dio la clave al responder que era feliz porque estaba con su familia. Claro, la homilía del Padre Antonio encendió en mí la respuesta que tanto buscaba, porque en el encuentro con JESÚS, quienes estamos equivocados siempre somos nosotros y nos compete buscar y resolver nuestra equivocación, pues JESÚS tiene Palabra de Vida Eterna.

Uno en su familia, sobre todo cuando es niño y joven, se siente seguro. Nada tiene que hacer ni pensar, ni nada le preocupa. Sabe que cada día tiene su camita arreglada, su comida calentita en la mesa, sus problemas resueltos y unos padres que se preocupan porque no le falte nada y por responder a sus deseos. En la enfermedad te curan y acompañan y se preocupan para que sanes y no sufras. Eso entonces te hace feliz y te sientes alegre, saltas y juegas, te diviertes y duermes en paz.

Pues, de repente el ESPÍRITU ilumina mi mente, para eso estoy aquí, porque estoy necesitado de muchas cosas, tengo miedos de otras y muchos problemas que resolver o aceptar, y visito a ese PADRE que me quiere, que me ha dado a su HIJO para que pague por mí, con su Muerte y Resurrección, mis ofensas y pecados, y, por su Mérito, me sienta perdonado, sanado y salvado. Por todo eso soy feliz, una felicidad que no consiste en ir saltando ni sonriendo a cada instante, ni vivir con una euforia desmedida, sino una felicidad que se traduce en paz, en sosiego y en una tranquilidad y seguridad de quién se sabe, como dijo Pablo, de Quién se fía.

Por eso voy a visitarlo, por eso celebro la Eucaristía, por eso hablo con ÉL, por eso me desvivo en darme, en crecer en espíritu y verdad, en compartir, en esforzarme en generosidad, en comprender, en preocuparme por todo aquello que me rodea y puedo mejorar, en buscar la justicia, en sentirme pobre y limitado, en acompañar a los que sufren y padecen, en muchas cosas que, en apariencias parece que te complican y te entristecen, pero en verdad te hacen sentirte plenamente en paz y alegre. Esa alegría que brota de lo más profundo de tu corazón. Esa alegría que te hace exclamar Abbá, Papá, y en sus brazos te sientes totalmente seguro. 

Ya nada te perturba, te asusta, te desasosiega, te desespera porque sientes que ÉL va contigo y nada te falta. A pesar de caminar por cañadas y quebradas su vara y su cayado te protegen y te cuidan.

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