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Salvador: mis vivencias e inquietudes

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viernes, 26 de junio de 2009

DIOS, ¿QUIÉN ERES TÚ?


No sabría decir a que edad descubrí que DIOS es la razón de mi vida. Creo que ha sido un proceso que ha ido tomando forma en el trascurso de mi vida sin poder decir que empezó hoy, o fue ayer. Sí es verdad que han habido momentos puntuales y muy importantes que tuvieron bastante relevancia e importancia en tomar ese camino, pero cuál ha sido el determinante no lo sabría distinguir.

Por el contrario, siempre he tenido una inquietud de búsqueda, y de esforzarme en encontrar respuesta a mis deseos, como creo que a todos nos pasa, sobre la felicidad, el gozo de la verdad y la eterna vida que sacie todos mis anhelos y deseos de ser feliz. Y pronto, muy pronto descubrí que eso no se encuentra en las cosas de este mundo, ni en los hombres de este mundo. Muy pronto, de eso sí estoy seguro, descubrí que eso solo se encuentra en DIOS.

Y desde entonces, ya hace muchos años, casi cincuenta años, no he cesado de encontrar un gozo que se renueva cada día. Si bien, es verdad, que entre todo este tiempo ha habido noches oscuras, desertaciones, huidas, rebeldías, confusión, dudas...etc. Si bien, es verdad, que he recorrido y experimentado la marcha de la Casa del PADRE, y la acomodación al lado del PADRE.
No sabría decir cuál sería peor, pues tanto la búsqueda del gozo fuera del PADRE, como el permanecer a su lado sin estar en ÉL, son formas de lejanías y de perdición.

En todo este tiempo he podido constatar y experimentar que en la medida que te acercas y estás más cerca de DIOS, más es tu gozo y más es la fuerza y felicidad que renacen sin cesar en medio de esta gran certeza: DIOS existe, esto es cierto porque se ha revelado en su HIJO JESUCRISTO, que encarnado en nuestra propia naturaleza humana, ha vivido entre los hombres y nos ha merecido la Vida de la Gracia que su PADRE nos ha regalado gratuitamente.

DIOS existe y me ama, hasta el punto de hacerme copartícipe de su Vida y de regalarme su Gloria: la plenitud de la Vida eterna en su presencia. Sin embargo, observo a mi alrededor a la inmensa mayoría de la gente que pasa inadvertida de esta realidad buscando la felicidad donde no está. Y pasan años y años, como yo los he pasado, buscando en el mismo sitio sin haber encontrado nada, siempre lo mismo, más de lo mismo y cada vez más vacío y desesperanzado.

¡Cuanto deseo de sarandearles y decirles! ¡CRISTO vive, y estás salvado en ÉL! ¡Cuantos deseos de transmitirles que la vida no se acaba y que estamos llamados a ser eternamente felices, y que ya podemos empezar a serlos, ¡ahora, desde aquí, en este momento! Desde mi experiencia puedo compartir que todo esto es cierto. Jamás he sido tan feliz como lo soy ahora, ¡y es cuanto menos tengo! No tengo nada, ni mi propia casa, ni sueldo, ni dispongo de poder hacer muchas cosas que en otros tiempos me sobraba. Sin embargo, ha sido el tiempo que más he dado, porque no sólo doy lo que tengo, sino que he podido darme.

Experiemtar ese ofrecerse en darse es lo más grande que se puede hacer, y, por consiguiente, el mayor gozo que se puede sentir. Es la esencia de amar y saberse amado. Es el acercarse a lo que realmente estamos llamados: "sed perfecto como el PADRE Celestial es perfecto". Desde mi encuentro diario y a lo largo de mi vida puedo compartir mi opinión sobre la principal dificultad que encontramos cuando buscamos a DIOS.

Primero, pienso que buscamos dónde no debemos buscar, pues nuestro tesoro más preciado no se encuentra fuera sino dentro de nosotros mismos. Y, también, no se trata de construir ni de conseguir cosas que nos den seguridad y poder, como los técnicos que construyen, reunen materiales, trazan planos, comprueban si aquello marcha o no. Así fabrican un cohete extraordinariamente perfecto y lo lanzan al cielo. De lo que se trata es de construir, de trabajar, de alcanzar una meta.

Pero cuando se trata de buscar a DIOS, tal actitud fracasa siempre. La verdadera búsqueda de DIOS se parece, por el contrario, a la actitud de un hombre que, después de haberse sentado, escucha. Y es lógico que sea sí, porque en definitiva DIOS no es algo que hay que construir o que hacer, sino que es ALGUIEN a QUIEN hay que recibir. Y cuando se recibe a alguien hay que empezar por sentarse y escuchar.

El ejemplo, María, se para, se detiene y adopta actitud de escucha. Pregunta cómo será eso y, confiada en la Palabra de QUIEN viene, recibe y acepta. Su vida quedó en segundo término; sus proyectos quedaron para mejor ocasión. Ahora se trata de seguir y recibir la Voluntad del SEÑOR. ¿Cómo actuamos nosotros? ¿Nos paramos en nuestra vida, para, bien sentados y dispuestos, disponernos a escuchar? Pero, ¿qué es escuchar?

En principio, eso no supone dimisión ni pereza. Siempre lo hacemos cuando queremos dejarnos impregnar por una verdad que nos parece demasiado grande para nosotros. Para saber el secreto de un amigo, no hay más que un medio, que es el de escucharle, sobre todo cuando adivino que este amigo tiene que decir cosas grandes que yo ignoro. Pero si yo hablo todo el tiempo, no conoceré jamás el secreto de mi amigo, aunque mis palabras giren, desde el principio hasta el fin de nuestra conversación, en torno a su secreto.


Y eso es lo que sucede, que muchos de nosotros buscamos sinceramente a DIOS, pero no le escuchamos nunca. Todo lo contrario hizo María: "atenta a su Palabra fue la esclava según su Voluntad". Nos fabricamos un dios según nuestras ideas y la vida se encarga muy pronto de demostrarnos que nuestra idea es equivocada. Entonces unos vuelven a comenzar de nuevo, y otros se desaniman y abandonan la tarea.

Sobre todo cuando nos forjamos la idea de fabricar un dios que nos resuelva nuestros problemas y contrariedades; nuestras enfermedades y contratiempos; nuestros gustos y apetencias; nuestro bienestar y economías. No nos interesa un DIOS que nos complique la vida, que nos cambie nuestros planes, que nos comprometa, no sólo con nuestros problemas, sino encima con los problemas de los demás. Un DIOS que nos enseñe a amar, amando a los demás.

Eso fue lo que acepto María; eso fue lo que hizo María; eso fue lo que asumió José; eso fue lo que aceptaron los Apóstoles y muchos más... No se empeñaron en alcanzar a DIOS por sus propias fuerzas; no emprendieron el camino apoyados en sus suficiencias, sus proyectos, sus planes, pues por ahí nos encaminamos al camino babélico (torre de Babel) y terminamos confundidos. No se encuentra DIOS construyéndose cada cual por sí mismo una Iglesia y una Religión en la que cada cual pueda instalarse para encontrar allí a su dios.

Se encuentra a DIOS, cuando se dice, como el adolescente Samuel: "Habla SEÑOR, que tu siervo escucha". Cuando una verdad es demasiado elevada para nosotros, necesitamos buscar y escuchar a alguno que esté a la altura suficiente para comprenderla y explicárnosla. DIOS no está al nivel del hombre. Está al nivel de DIOS. Sólo DIOS puede hacer descubrir a DIOS. Cuando se ha llegado a comprender esto, ya queda poco para descubrir a DIOS. Pero hace falta mucho tiempo para comprenderlo.

Una vivencia basada en la reflexión del libro "He buscado en la noche" de Jacques Loew.

2 comentarios:

  1. Me alegra leer que no escuchamos a Dios. Este es el origen de tantas historias tristes. Felices los que escuchan y viven de acuedo con la Palabra del Señor. Un fuerte abrazo
    José Miguel

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  2. Sí, Jose Miguel, creo que ese es nuestro problema. Cómo el águila que desconocía su propio yo y nunca se atrevió a volar, que tú muy bien conoces, y perdió su vida a ras de tierra. ¡Cuántas personas desconocen la Grandeza del SEÑOR, y se pierden lo más grande que podemos alcanzar!
    Un fuerte abrazo en XTO.JESÚS

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