A veces, por no decir casi siempre, tratamos de seguirte, Señor, llevando el mismo corazón, acomodado y endurecido. No nos damos cuenta que eso es lo mismo que correr detrás de una gacela, porque nunca la alcanzaremos. Ni tampoco, de esa forma, podremos alcanzar al Señor.
Para seguir a Jesús hay que nacer de nuevo. Nos lo ha dicho Él, no lo digo yo, pobre de mí. Y nacer de nuevo, no es volver al vientre de nuestra madre, como pensaría Nicodemo, sino transformar nuestro corazón y limpiarlo de toda atadura y contaminación mundana.
Son los criterios del mundo los que impiden ver a Dios. Porque su Reino no es de este mundo, y de no cambiar de corazón, sino continuar con un corazón mundano, nunca llegaremos a conectar con Jesús. Los santos han hecho eso, dejar el corazón del mundo, para tomar un corazón libre que, estando en el mundo, no pertenezca al mundo, sino piense y sea de Dios.
¿Nos parece difícil, no? Sí, realmente lo es, pero en el Espíritu Santo será posible, porque, ¡abramos los ojos!, para Dios no hay nada imposible.
