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Dios mío, en Ti confiaré. Mi escudo eres Tú. y la fuerza de mi
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pero llenan y ensanchan el corazón. Normalmente cuando oímos ruidos y algarabía jubilosa a través de aplausos, identificamos que algo bueno ha sucedido: se ha alcanzado un objetivo, se ha metido un gol, se ha ganado una batalla...etc. El aplauso conlleva alegría y aprobación de que se ha hecho bien lo que se tiene entre manos. Se aplaude jubilosamente.
Sin embargo, hay actos que llevan implícito un aplauso callado, sin hacer ruido, silencioso y sin alteraciones. Nadie lo nota a simple vista porque está escondido en la raíz de la vida. Es humilde y pasa desapercibido porque se hace rutina, común, normal. Y no estoy diciendo que lo normal no lleva aplauso. ¡Todo lo contrario!
Sería lo normal lo aplaudible porque es lo que persevera lo notable, lo que no es tan común. Y eso es digno de ser aplaudido. Un servicio callado, humilde y atento en la visita a un enfermo. Un permanecer paciente en atenta escucha ante el desahogo de un amigo o enemigo. Unas frecuentes visitas a la cárcel para servir y acompañar a los privados de libertad...etc.
Una respuesta justa, comprometida, servicial en tu profesión laboral. Un estar y responder a tu vocación familiar, de padre o esposa. Un empeño en hacer tus responsabilidades con ganas, entusiasmo y solidariamente. Esos son los aplausos que no se escuchan pero que están ahí, porque nuestro Padre del Cielo los observa y los premia con sus Aplausos.
Y, verdaderamente, son esos aplausos los que importan porque son los que más valen y los que aplauden en verdad. Nuestro público es el Padre del Cielo. Es Él el verdaderamente es importante y el que nos debe importar que nos vea y aplauda.
