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Salvador: mis vivencias e inquietudes

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lunes, 9 de mayo de 2016

LA MEDIDA DE NUESTRA CONFIANZA



Decimos muchas cosas que luego no podemos cumplir. Y no las cumplimos, no especialmente porque no podamos, sino porque nos falta fe y, sobre todo, confianza. Confíar en Dios es dejar, fuera de toda duda, su Palabra y pensar que si nos conviene para, no gozar un rato aquí abajo, sino para nuestra salvación, nos será concedida.

Y todo obedece al sentido común. ¿Cómo no nos va a dar, nuestro Padre Dios, lo que necesitamos para nuestra salvación, si realmente eso es lo que Él quiere, salvarnos? Aparte que nos lo ha dicho, es clara deducción que se cae de maduro. El problema, cuando no parece así, es que no sabemos pedir, o no sabemos cuándo es, ni el momento de pedirlo o de recibirlo.

Porque para Dios no hay tiempo ni espacio, y por lo tanto, menos hora. Y lo que a nosotros nos desespera, para Dios no cuenta ni existe. El tiempo y el espacio son de Él y están bajo su dominio. Nosotros estamos encorsetados y limitados encuadrados en esas medidas abstractas de tiempo y espacio.

Es ahí donde hace presencia la confianza en el Señor. Claro que nos escucha y nos da lo necesario para nuestra salvación. Precisamente, es Él el primero y antes que nosotros el que quiere salvarnos. ¿Para qué, si no, se ha hecho Hombre y ha venido entre nosotros? No perdamos de vista que es Él quien administra el tiempo y el espacio y lo distribuye y emplea a su manera. Cosa que nosotros no podemos entender.

Por eso, cuando en esas coordenadas de nuestras propias limitaciones no rebelamos contra Dios o dejamos de confiar en Él, recordemos que nuestro Padre Dios nos quiere salvar y no nos defraudará nunca, pero es Él quien administra el tiempo y el espacio.

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