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Salvador: mis vivencias e inquietudes

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martes, 27 de octubre de 2015

LA VIDA TIENE SU HORA




Hoy, hace ya aproximadamente casi diecisiete años llegó Pelayo, un cría de schnauzer, traído de Asturias, de ahí el nombre de Pelayo, a mi casa. Lo trajo mi cuñado Jesús, y desde entonces ha estado con nosotros. En mi primer libro, "Por la acción del Espíritu", le dediqué unas páginas a hablar de nuestra relación. Era un fiel acompañante, y muchas veces, en esa  misma posición que se aprecia en la foto, pasaba largos rato al pie de mi mesa mientras yo escribía.

Caminamos muchos kilómetros dando largos paseos, y en muchos momentos fue causa de reflexiones por su fidelidad y obediencia, haciendo pensar con respecto al Señor. ¡Cuantas veces he deseado ser tan obediente y fiel como él respecto al Señor!

Bien, hace tiempo la vejez le estaba amenazando. Tanto la mía como la suya nos fueron separando. Era imposible pasear, pues se le hacía difícil caminar, y notaba que se cansaba. Y otras veces, la pereza y el tiempo terminaron por dejar los paseos. Por fortuna, tenía un buen jardín donde moverse y estirar las patas. En eso fue un perro afortunado. Supongo que ha vivido bien. Ha dejado unos ocho hijos e hijas. Una, Ginesa es su nombre, vive con mi hija. No se habrá enterado que ha muerto su padre. Es la diferencia entre animales y personas.

Sí, hoy, sobre las doce de la mañana me lo he encontrado muerto. Ya esperaba su muerte, pues estaba viejito, sordo y hasta casi ciego. Reaccionaba queriendo animarse a algunas caricias que le hacia, pero el tiempo es inexorable y marca la hora de nuestro fin. Estos últimos días le he visto con mucha dificultad para moverse, sin embargo comía bien, pues parecía estar gordo.
Ayer le noté que le costaba mantenerse de pie. Y hoy por la mañana lo observé tendido durmiendo o descansando, pero sin ánimo para moverse. A eso de las 11, 30  aproximadamente lo vi desde la cocina tumbado, y como intuyendo el momento final, le observé. Noté que su estomago no se hinchaba y descinchaba con la espiración, y me temí lo peor. Acercándome descubrí que Pelayo, Don Pelayo, como me gustaba llamarle, había muerto.

Una muerta en silencio, aceptada, supongo que feliz como corresponde a un perro. Adiós amigo, tu compañía siempre será grata en mi recuerdo.

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