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lunes, 2 de abril de 2012

CUANDO HABLAMOS DE ESPALDAS

Mentimos. Nos gusta ser lo que no somos, nos gusta que los demás...

Hace unos días, en las jornadas regionales de la Pastoral Penitenciaria, hicimos un ejercicio que consistía en ponernos, dos personas no conocidas, de espaldas y presentarnos durante dos minutos. Se trataba de despertar nuestra atención y escucha, pues el estar de espalda dificultaba oírnos y vernos. Instintivamente tendíamos a mirarnos, pues estando de frente nos era más fácil oírnos.

Terminado este, lo hicimos, pero, con otra persona, también desconocida, cogida de la mano y mirándonos la cara. En principio observamos que el hacerlo frente a frente fue más cómodo, pero quizás nuestra escucha no era tan atenta como la primera al chocar con la dificultad de estar de espalda.

Tras la reflexión, experimentamos que tanto de una forma como la otra nos perdemos en escuchar lo que nos interesa y atendemos según nuestra actitud  e interés. Se pone en juego nuestra escala de prioridades y valores, y en base a ello crecerá o decrecerá nuestra atención.

Sin embargo, hay una cosa común a todos, y es que mentimos tanto de espalda como de frente. Con mentir quiero significar que falseamos nuestro perfil y, quizás de una forma instintiva, tendemos a aparentar y guardar nuestros defectos e intereses. Sí, puede ser posible que de espaldas nos sea más fácil aparentar, pero hemos evolucionado tanto que lo hacemos con gran maestría en el cara a cara y cogido de las manos.

Hoy la desconfianza es tal que, a pesar de vivir en el siglo XXI, siglo de las comunicacines, experimentamos una gran inseguridad en todas nuestras relaciones personales. Incluso la familia pasa por esa situación, y nuestra cultura lo asume como algo normal. Podría atreverme a decir que vivimos en siglo de la apariencia y la mentira.

Las familias no tienen estabilidad y ya es normal procurar que tu "ex" sea una persona dialogante y con sentido común para evitar demasiados problemas. De antemano se busca un buen "ex-marido o ex-mujer". Una gran contradicción que no tardará en enseñarnos que el camino es erróneo y equivocado. Porque lo pueblos están formados por familias, y si se destruyen las familias, destruiremos los pueblos.

Diríamos que los pueblos que matan desaparecen. Y ese es nuestro caso, matamos la familia y sus hijos. A unos dejándolos desprotegidos y a otros vivos en el seno de sus madres. Un horizonte de muertes que nos lleva al caos y la perdición. Realmente nuestra ceguera es alarmante.

Esta mañana, cuando regresaba a casa después de la Eucaristía, oí a una señora decir, esto me favorece más. Se miraba en un espejo y un puesto del mercadillo que se montan los sábados en mi pueblo. Supongo que compraba algo para favorecer mejor su perfil. Esa frase encendió me mente y produjo esta reflexión.

Nuestra tendencia es a mejorar, pero no mejoramos en verdad, sino que tratamos de aparentar como sea nuestro físico, nuestras actitudes o comportamientos, con el fin de presentar lo que realmente no somos. Porque, tarde o temprano, en casa, en la cama, en la vida diaria... tendremos que ser lo que somos, y poco vale estar tratando de aparentar lo que no somos.

Porque a la hora de juzgarnos, miraremos lo que realmente somos y hemos hecho, y nada valdrá lo que hayamos querido aparentar que hemos hecho. La verdad es sólo una, y esa es lo que realmente es, pero nunca será lo que no haya sido, aun sea en apariencia. Por lo tanto, lo bueno es mejorar, acercarnos a lo que realmente somos, y desde ahí crecer y madurar en actitudes maduras, responsables, auténticas que nos hagan cada día más personas dignas, comprometidas, veraces y responsables.

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