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jueves, 22 de marzo de 2012

LA IMPORTANCIA DEL COMPARTIR


Porque solo en el compartir se fortalece nuestra fe. No es nuestra fe algo que debemos de guardar, y bien guardado, para preservarlo de epidemias, deterioros o de la propia erosión de los tiempos. ¡No!, nuestra fe es algo vivo, que bulle en nuestro corazón, que se mueve, que salta de gozo y alegría y que se transmite como el mayor tesoro que hemos encontrado.

Hace unos minutos, dos jóvenes han tocado a mi puerta. Sabía que me esperaba, pero no esperaba, valga la redundancia, que fuesen jóvenes, pues antes me había asomado y había presenciado a una mujer de unos 50 o más años repartiendo unas papeletas por las casas. Me dije, ahora me tocará a mí. Y así fue.

Pero mi sorpresa, ya comentado antes, fueron esas dos jóvenes, a las cuales no había visto. Y bien, me invitaron a conocer a Jesús. ¡Qué paradoja!, yo llevaba algunas horas hablando de Jesús y reflexionando su Palabra. Sabía que eran testigos de Jehová. Me invitaron, dándome una papeleta, y les pregunté de qué Iglesia recibía la invitación. Y la respuesta fue la esperada.

Inmediatamente les confesé mi fe y mi Iglesia. No quise y traté de evitarlo de entrar en discusión. Poco antes había oído por Radio María que se debe evitar ser discursivo, era aplicado a los niños, pero yo opino que también nos sirve para los mayores . 

Porque más que emprender un discurso, al que no se  está dispuesto escuchar, sí oír, por respeto, pero nada más, lo mejor es entrar en una dinámica de intercambio y de amor. De la misma forma que ellas me invitaron, yo les conmine a celebrar la Pascua de la Iglesia católica, de la cual me confesé hijo y creyente. Todo acabó tan rápido que no sé qué pasó por sus cabezas.

Yo si sé que me sentí gozoso de invitarle a la celebrar la vida en la esperanza de celebrar la Resurrección de Jesús, y la promesa de resucitar en Él. Intercambiamos sonrisas y ahí quedó todo. Desde aquí pido por ellas, para que despierten a la verdadera fe que arranca de la promesa hecha a Pedro de dirigir, en el Espíritu Santo, la obra de salvación que Jesús empezó en el seno de María.

Hecho este paréntesis, retomo el hilo de la reflexión sobre el compartir. Decía que cuando nos esforzamos en compartir, si ese compartir es serio, nace un compromiso. No olvidemos, o tengámoslo presente, que la Eucaristía es un compromiso martirial. Y martirio significa esfuerzo, contratiempo, malestar, algo que se hace duro y penoso... 

Y el compartir lo es, pero, por eso, porque lo es, es también gozoso, porque en él nuestra fe crece, aumenta, se fortalece y nos predispone el camino para seguir avanzando. Y hace que nuestro testimonio sea eficaz y comprometido. Solo así crece la Iglesia, y la Palabra, hecha vida, fructifica en el corazón de los que la escuchan.

Por eso debemos animarnos a compartir en la medida que podamos. Los medios nos brindan posibilidades, y nosotros debemos poner el esfuerzo que podamos y que cada uno sabe. Sobre todo en pequeños grupos que nos acerquen, que nos descubran, que nos iluminen, que nos enriquezcan, que nos exijan, que nos comprometan... porque solo así seremos capaces de amarnos.

No olvidemos que Jesús se hace presente cuando, en su nombre, compartimos. Y si Él está presente, no hace falta nada más. Con Él todo lo podemos. Cristo y yo, entre nosotros, mayoría aplastante. Hoy, que las formas de convivencia han cambiado y se ven alteradas por los medios técnicos, resulta que no nos vemos en la calle, en los parques...etc, pero si nos encontramos en Internet. 

Pues aprovechemos esos medios para compartir nuestra fe y conocernos mejor.

1 comentario:

Compartir es esforzarnos en conocernos, y conociéndonos podemos querernos un poco más.

Tu comentario crea comunidad, por eso, se hace importante y necesario.

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