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Salvador: mis vivencias e inquietudes

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miércoles, 20 de abril de 2011

NUESTRO PEOR ENEMIGO, LA RUTINA

Hoy me puse a reflexionar lo poco que valoramos la vida, cuando ésta...

Abrimos el grifo y sale un agradable chorro de agua limpia y cristalina. ¡Qué está algo fría!, regulamos la llave con distintivo rojo y pronto empieza a tornarse tibia y más caliente al gusto del consumidor. Ponemos el acondicionador de aire o encendemos la luz, todo a gusto de quien lo solicite. Y, ¿qué queremos ver, o leer, o informarnos de lo que ocurre en nuestra ciudad u otras vecinas o del más allá? Nos basta un pequeño mando que ordena y manda, de ahí su nombre, todos nuestros caprichos informativos, de cine, y de pasa tiempo, amén de que con nuestro ordenador llegamos a donde queramos.

Todo al alcance de la mano. Realmente muy fácil y cómodo. Sin casi movernos podemos lograr y conseguir todas esas comodidades y privilegios. Porque realmente son privilegios. Yo, que conozco otros tiempos no tan avanzados, puedo experimentar que lo determinante para sentirnos bien y felices no son esas cosas. 

Porque en mi juventud, hasta los catorce o más años, no había televisión, ni moviles, ni tanto fútbol, ni muchas comodidades como ahora. Más, cuando vives en una isla de 30 o 40 mil habitantes. Recuerdo que en mi curso, había un sólo Instituto, eramos 22 alumnos en segundo curso de bachiller. Jugábamos al fútbol con alpargatas y balones de cuero, que si le dabas con la cabeza podías quedar sonado. Pueden ustedes imaginarse.

Sin embargo, no eramos menos felices que ahora aunque, sin lugar a duda, los problemas fundamentales eran los mismos: envidias, injusticias, odios, egoísmos...etc. La vida está marcada por el contexto cultural y circunstancial que vives y en la actitud con que la vivas. Siempre, el que ama será feliz. Muchos de ustedes lo han repetido en otros comentarios: "Me he sentido mejor y más feliz cuando he hecho las cosas de forma desinteresada y voluntaria". Y eso no tiene otro nombre que "amor", y amor del bueno y verdadero.

En cierta ocasión me dijo un maestro, estando en el servicio militar, en las escuelas de iniciación a la lectura y... viéndome tan joven, 19 años, que el Magisterio era como el matrimonio: "Unos quieren entrar y otros salir. El estaba ya esperando y deseando la jubilación. Yo nunca entré, pero independiente de una u otra cosa, la vida no es sino una actitud interior frente a las cosas que tienes delante en su momento, en tu propia época.

Lo que nunca cambia y siempre llena, cada vez más, es el deseo de amar, porque eso te hace feliz. Pero un amor no entendido como "eros", sino como ágape". Es el amor que nos asemeja con el PADRE DIOS y nos hace inmensamente feliz.

Todo esto tiene un clara moraleja que, de no apercibirla y aprenderla, podemos caer siempre en los mismas equivocaciones. Y digo equivocaciones porque decir errores no estaría bien, pues no es lo mismo. Un error es algo que se comete sin apercibirse ni darse cuenta. ¡Si lo supieses no lo harías! Sin embargo, una equivocación es no saber algo que podías saber y evitar. Es abandonarte y no esforzarte en aprender de los errores y volverte a equivocar.

Y nos puede estar pasando esto. Vivimos tan cómodos que si nos faltara algo de todo lo que tenemos nos subimos por las paredes y exigimos su pronta devolución. Es el tan sabido pero no excesivamente aplicado cuento del queso. Sólo tenemos derechos y derechos, pero no miramos que cada derecho exige su homónimo deber. Si tengo este derecho es porque otros cumplen con su deber, y así de unos a otros. Por eso lo que tú hagas depende de ti y no lo hará otro por ti. Y eso se quedará sin hacer porque nadie te podrá sustituir.

Y esa cadena, pensemos ahora todas las cosas que podían mejorar y solucionar. Pensemos la cantidad de problemas que tendrían un rápida solución, las muertes e injusticias que se podrían evitar; los ahorros y mejoras de todo tipo que se podían economizar. Todo iría mejor. sin embargo, vivimos en una vorágine salvaje de consumismo, de exigencias, de individualismos y de derechos que todo nos parece poco. Y hasta nos sentimos infelices y asqueado de este mundo tan duro y difícil.

Una rápida mirada a los más desfavorecidos, a los pueblos que carecen de muchas cosas, entre ellas las más fundamentales como el agua y los alimentos. Una rápida mirada a los pueblos donde que cada día es una lucha por subsistir, por mantenerse en pie, sin tregua ni descanso. Una mirada que, de inmediato, nos abaja y nos pone en su sitio y nos quita todas las exigencias y derechos, y nos hace levantar la mirada y dar gracias por todo lo que somos y tenemos. Una mirada que descubre la rutina de cada día y la poca importancia que le damos a lo que tenemos.

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